Abandonados a su suerte los héroes de Salvador Allende

  Abandonados a su suerte los
  héroes de Salvador Allende

El 11 de septiembre de 1973, integrantes del Grupo de Amigos Personales del presidente de Chile, Salvador Allende, lucharon contra las fuerzas golpistas de Augusto Pinochet. De los 180 miembros de esa escolta, se sabe que unos 50 fueron asesinados; el resto está desaparecido o sobrevive en la pobreza o el exilio, porque su partido, sus compañeros y su país les dieron la espalda. “Fuimos fieles hasta el final y, sin embargo, después nadie se hizo cargo de nosotros”, lamenta el ex-agente de seguridad Miguel Farías.

 

El 11 de septiembre de 1973 no sólo se acabaron el gobierno de la Unidad Popular (UP) y la vida del presidente Salvador Allende. También fue masacrado el dispositivo de seguridad presidencial conocido como GAP (Grupo de Amigos Personales). Al menos 51 de sus miembros fueron asesinados o desaparecidos, fruto del golpe militar y de la política de exterminio que impuso la dictadura de Augusto Pinochet.

Pese al importante papel que jugaron en la defensa de Allende y del gobierno constitucional, los sobrevivientes del GAP y los familiares de sus víctimas han sido menospreciados por las cúpulas de la izquierda, en especial del Partido Socialista (PS) al que pertenecía la mayoría de sus miembros.

Miguel Farías, exescolta de Allende, denuncia en entrevista que algunos de sus compañeros “han vivido situaciones realmente atroces”.

Lamenta, por ejemplo, el caso de José Díaz Arias, el Pelado Willy: “A él nunca le dieron una mano y murió –en agosto de 2011– sin alimentos, sin atención médica, durmiendo en el suelo, sin pensión, en una casa de la calle Los Juncos, en Lo Prado (Santiago poniente)”.

Willy fue un militante socialista y miembro del GAP, quien el día 11 combatió en Tomás Moro (la residencia presidencial) y vivió un largo exilio en Cuba.

Farías cuenta que la muerte de Willy se conoció después de más de una semana de ocurrida, debido al fuerte olor que despedía su cuerpo en descomposición.

En junio de 2014 murió en Cienfuegos, Cuba, uno de los integrantes más emblemáticos de la escolta de Allende: Renato González, Eladio, quien batalló codo a codo con Allende en La Moneda. Debido a las precarias condiciones en las que vivía y a la gravedad de una enfermedad que lo aquejaba, prefirió ir a vivir sus últimos meses al país que lo acogió tras el golpe militar.

En las largas horas de entrevista con este corresponsal, Eladio denunció el “acomodo” y la “traición” de los socialistas que llegaron al gobierno chileno tras el fin de la dictadura.

“Eladio tuvo que irse a Cuba para morir con dignidad”, reclama Farías. Y asegura que hay otros casos similares. “¡Es el pago de Chile!”, expresa con amargura.

Él mismo es un afectado por el abandono que sufren quienes defendieron militarmente al presidente Allende y que no es muy diferente al que padecen muchos otros ancianos en Chile.

“¿Crees que alguien me dio una mano cuando me estaba muriendo de cáncer de esófago en 2013? No. Fue Manuel Céspedes, quien combatió conmigo en Tomás Moro, y que hasta el día de hoy administra la página del GAP, quien pagó la última operación que tuve que hacerme”, reclama.

“Nosotros brindamos un servicio a un presidente constitucional: lo cuidamos a él, a su familia, a su comitiva. Nosotros estuvimos ahí y fuimos fieles hasta el final. Y, sin embargo, después nadie se hizo cargo de nosotros, nadie nos quiso apoyar… Ningún partido de la Concertación ni de la Nueva Mayoría. Lo que es peor: el Partido Socialista usufructúa la memoria de los GAP”, señala con indignación Farías.

Cabe consignar que el PS formó a fines de los ochenta, junto con Democracia Cristiana y otros partidos de centroizquierda, la Concertación de Partidos por la Democracia que gobernó Chile entre marzo de 1990 y el mismo mes de 2010.

En 2014 volvieron al poder bajo el nombre de Nueva Mayoría, coalición a la que incorporaron al Partido Comunista y que en 2014 fue derrotada por la derechista Chile Vamos, de Sebastián Piñera.

Como parte de este cambio que denuncia Farías, el PS asumió como propia –en septiembre de 1990 con ocasión del funeral oficial de Allende– la versión oficial emanada por la Junta Militar, que aseguraba que el presidente se suicidó con el fusil AKM que le regaló Fidel Castro.

De hecho, su funeral oficial fue coordinado por quien ha sido el mayor cabildero de los grandes grupos económicos y fácticos durante toda la transición a la democracia: Enrique Correa, exvocero de gobierno durante la administración de Patricio Aylwin (1990-94) y hasta hace poco vicepresidente de la Fundación Salvador Allende.

Farías denuncia que la triste realidad de los protectores de Allende contrasta brutalmente con la de los criminales de la dictadura: “Ellos tienen pensiones de ricos”.

En efecto, la pensión inferior de los oficiales de las fuerzas armadas alcanza los 2 mil dólares, 10 veces más que la pensión promedio de un exonerado político. Pero tratándose de altos mandos, las pensiones alcanzan el equivalente a 8 mil dólares.

Además, muchos de los jubilados de las fuerzas armadas son contratados para diversas tareas, por lo que sus ingresos se duplican. Viven como reyes. Incluso, los exuniformados encarcelados por crímenes de lesa humanidad son beneficiarios de estas fabulosas pensiones, y pese a los escándalos que ocasionalmente esto ha provocado, todo sigue igual.

Farías denuncia que en los tiempos de la Concertación luchó por conseguir una pensión como exonerado político a la que tenía derecho por ley. Pero los socialistas en el gobierno desconocieron su calidad de escolta de Allende y rechazaron darle pensión. Le dijeron que no estaban sus papeles.

Paradójicamente, sólo en 2014 y bajo el gobierno de la derecha encontró una solución. “Fui al Ministerio del Interior. Me atendió un militar. Le dije que quería saber qué pasaba con mi situación y me respondió: ‘Bueno, estos trámites demoran más o menos tres meses’. Retruqué: ‘¿Cómo? Si yo llevo seis años tramitando’. Me dijo: ‘¿Cómo? A ver, deme todos sus datos’. Se metió a un subterráneo y después de un rato trajo una carpeta. Nunca voy a olvidar lo que me dijo. ‘Gancho, no se preocupe, aquí está toda su historia’. Y agregó: ‘¿Sabe? Sus compañeros se lo tenían cagado. La carpeta estaba en la caja número 20, en un subterráneo, olvidada’”.

El gobierno de derecha se demoró 15 días en tramitarle la pensión a Farías (200 dólares), la que de todos modos apenas le alcanza para comer.

 

 

SE HAN ROBADO EL PAÍS

 

Manuel Cortés Iturrieta –al que Allende (del que fue chofer) consagró como Patán– también tiene una posición extremadamente crítica de la actitud que tomó la dirección del PS, pero se centra en la crítica política.

“No nos daban bola, no nos tomaban en cuenta ni preguntaban cuál es el papel que habíamos jugado los del GAP, ni nos agradecían lo realizado… las jefaturas sólo nos querían de guardaespaldas o cuidapuertas”, asegura en entrevista.

Patán es uno de los 10 fundadores del dispositivo de seguridad formado tras la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970. Actualmente oficia como vocero de los pocos más de 20 sobrevivientes que se mantienen activos en la defensa de la memoria de lo obrado junto a quien cariñosamente llamaban Doctor.

Ellos se juntan cada 4 de septiembre en el Cementerio General de Santiago para recordar a los compañeros caídos y para “rendir cuentas” de su bregar por Allende, cuya persona y trayectoria es venerada por ellos.

Cortés Iturrieta dice que, como respuesta al silencio de las jefaturas socialistas, él y otros compañeros se dedicaron a hacer un trabajo de registro y memoria de lo sucedido con los miembros del GAP, materia respecto de la cual hay poca claridad puesto que los documentos de muchos de ellos cayeron en manos del Ejército el 11 de septiembre de 1973.

Dice que este trabajo lo hicieron en 2005-2006, cuando el presidente del PS era Ricardo Núñez –actual embajador en México– y el mandatario de Chile era Ricardo Lagos Escobar (2000-2006).

Llegaron a la conclusión de que 51 miembros del GAP fueron asesinados y que este dispositivo contó con 180 miembros. El recuento venía con una reseña de la labor de cada militante y del rol político-militar jugado por la organización. También del destino de los sobrevivientes.

Patán dice que a él le tocó en 2006 exponer –ante la Comisión Política del PS– aquel informe. “Fue un resumen de toda nuestra tarea”, señala a Proceso.

Expone que la información de los muertos del GAP causó impacto en el PS. “Isidro García –por órdenes superiores– salió diciendo a los diarios El Mercurio y La Segunda que esa información era falsa. Que había solo 30 GAP… que el resto eran huevones que estaban pintando monos (llamando la atención) y que lo único que querían era sacar plata”.

Cortés dice que la cúpula socialista “no quería que saliera esa historia. Ellos estaban en otra etapa, limando asperezas con los viejos enemigos, haciendo digeribles a los socialistas para el sistema”.

Asegura que el PS ha reconocido como GAP sólo a un reducido grupo de miembros que, liderados por García, “se han dedicado a tergiversar la historia a la medida de las necesidades de los poderosos”.

García y otros GAP cercanos a él, como Pablo Zepeda, han sostenido que Allende se suicidó. Incluso este último llegó a afirmar que él fue testigo de este hecho.

En cambio, Patán, Farías y la mayoría de los GAP de la disidencia a la línea oficial del PS afirman que Allende fue asesinado o murió combatiendo. Patán denuncia que el presidente Lagos otorgó pensiones de gracia a 25 personas por su labor en el dispositivo GAP, favoreciendo a muchos que nunca pertenecieron a este equipo. La gestión de esta medida habría sido coordinada por el exmiembro de este dispositivo Isidro García.

Además, Patán alega que durante los años de la Concertación se les impidió –mediante trabas en el Ministerio de Justicia– crear una Fundación del GAP. “Pero, de la noche a la mañana, el PS le sacó la fundación a Isidro García… y como casi ningún miembro del dispositivo quiso firmar, esa fundación se forma con gente, con dirigentes de la Confederación Nacional de Trabajadores Panificadores que no eran del GAP… Son puras cochinadas que nos hicieron”.

Cortés considera que la dirigencia del PS “le ha entregado el país a los empresarios… se han robado el país”, por lo que no le extraña el trato que han tenido con “los que hemos mantenido en alto las banderas de Allende”.

El 24 de junio de 2017, al realizarse el funeral del militante del GAP Óscar Lagos Ríos –detenido junto con otros nueve compañeros en las cercanías de La Moneda y cuyos cuerpos fueron dinamitados– la Agrupación de Familiares de Detenidos en el Palacio de La Moneda e Intendencia expresaron su malestar con el PS: “Ahí está el Partido Socialista sin decirnos nada; hemos hablado con su actual presidente Álvaro Elizalde, pero no escucha, se da la media vuelta, se limpia las manos. Para ellos nosotros ya no servimos, nunca han considerado a las organizaciones sociales que representan a los GAP del presidente Salvador Allende, ellos no se pueden negar a reconocer que eso fue verdad”.

 

 

EN EL ORIGEN, LA GUERRILLA DEL CHE

 

Tal como se relata en el libro Yo Patán. Memorias de un combatiente –coescrito por Manuel Cortés y el periodista e historiador Arnaldo Pérez Guerra–, Beatriz Tati Allende, la hija mayor del presidente, fue quien lo convenció de la necesidad de crear un dispositivo de seguridad.

Ella formaba parte –junto a Rolando Calderón y Félix Huerta– de la cúpula del Ejército de Liberación Nacional (ELN-Chile), organización creada en 1965 a instancias de Ernesto Che Guevara y que tenía por fin ser la retaguardia operativa de su tarea guerrillera en Bolivia.

Patán señala en su libro que la sección chilena del ELN comisionó a su militante, el exguardamarina Fernando Gómez, Cabeza de Perno, a que ofreciera a Allende la creación de un dispositivo de seguridad integral, que era mucho más amplio que tener tres o cuatro guardias.

 

 

ALLENDE NO ACEPTÓ EL OFRECIMIENTO

 

Cuando finalmente Tati convenció a su padre de la necesidad de formar un cuerpo de seguridad integral, a los pocos días de verificada la elección del 4 de septiembre, el ELN ya había determinado desistir de esa misión puesto que –como reclamaron los mandos bolivianos de esta organización– la tarea del grupo era crear un foco revolucionario en Bolivia que irradiara al resto de América Latina…. No cuidar presidentes.

En la desesperación por no quedar desamparado, Allende y Tati le ofrecieron esta responsabilidad al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Éste aceptó inmediatamente y designó cinco militantes para dicha labor, pese a que nunca formaron parte del gobierno de la Unidad Popular.

Entre estos primeros escoltas de Allende provenientes del MIR estaba Joel Max Marambio, quien con los años se convirtió en uno de los hombres más poderosos en Cuba.

Una vez que el MIR envía a sus cinco representantes, la dirección del ELN se “retracta” y decide disponer de cinco militantes para custodiar al presidente Allende. Entre ellos estuvo Patán.

El armamento con que contaron al principio fue una pistola Walther P38, un cañón sin retroceso portátil Carl Gustav, que había sido robado a Carabineros, y dos T1, “que eran unos lanzacohetes que inventaron los guerrilleros tupamaros, que tenían unos timbres y unas pilas, pero que cuando los probamos no funcionaron… así comenzamos esa historia”, señala Patán en la entrevista.

Con el GAP “hicimos escuela –en Chile– porque fuimos los primeros en ocupar el sistema de tres vehículos”, recuerda.

En efecto, los GAP se hicieron conocidos por utilizar un sistema de tres vehículos Fiat 125 azules en los que trasladaban a Allende y a sus asesores más cercanos a toda velocidad por las calles, siempre con fusiles de asalto AKM prestos a disparar.

En sus memorias Patán revela que el GAP tenía un “edecán whiskero” que impedía que alguien le sirviera un trago a Allende con el que lo pudieran envenenar. “El edecán que andaba a su lado, que aparecía como su secretario personal, guardaba en su chaqueta una petaquita con whisky; entonces, cuando le iban a servir un trago, en cualquier parte, él decía: ‘¡No!, traiga un vaso’. Tomaba el vaso, lo limpiaba, le echaba whisky y decía: “Éste lléveselo al presidente”, y seguía los pasos del garzón o de quién fuera”.

Patán cuenta que debido al asesinato del general Schneider –el 22 de octubre de 1970– tomaron una serie de disposiciones bastante drásticas con Allende.

Cuando a mediados de 1972 Allende expulsó al MIR del GAP –por robarse armas de reserva– se fue Joel Max Marambio, que hacía de “jefe de escolta”. Patán lo remplazó.

 

 

LA MATANZA

 

La mayoría de los cerca de 25 GAP que combatieron con Allende en La Moneda fueron asesinados. Según estableció el ministro en Visita para Causas de Derechos Humanos, Miguel Ángel Vásquez –al emitir condenas en mayo pasado contra siete oficiales en retiro del Ejército por su responsabilidad en los delitos de secuestro y homicidio de 23 colaboradores de Allende–, en aquel día “las tropas militares que ingresaron al Palacio de La Moneda procedieron a la detención de un grupo de alrededor de 50 personas, integrados por asesores políticos directos, miembros del dispositivo de seguridad del presidente Allende (GAP), médicos y funcionarios de la Policía de Investigaciones de Chile”.

En un recinto militar los detenidos, atados de pies y manos con alambre, fueron asesinados con una ametralladora. Los cuerpos cayeron en una fosa. Según el reporte, “una vez que concluyeron los fusilamientos, el personal militar arrojó granadas a la fosa, las que explotaron en el lugar, cubriéndose posteriormente con tierra y sepultándose de esta manera los restos de tales prisioneros”.

Los únicos GAP que aquel día 11 pudieron escapar de la muerte fueron Eladio –que en las afueras de La Moneda se hizo el herido y un oficial que lo conocía lo sacó en ambulancia militar a la Posta de Santiago desde donde se fugó– y otros tres miembros que en el regimiento Tacna fueron circunstancialmente incorporados a un grupo que fue trasladado al Estadio Chile, de Santiago.

La orden era matarlos a todos.

* Este reportaje se publicó el 9 de septiembre de 2018 en la revista Proceso de México - Francisco Marín.

 

 

  La historia detrás de
  las imágenes

 

Luego del golpe del 11 de septiembre de 1973 contra Salvador Allende, la dictadura chilena se dedicó a reinventar la historia y a construir su versión sobre los hechos de ese día. Lo que los golpistas no sabían es que un par de cineastas alemanes –quienes se habían ganado la confianza de los militares fingiendo ser sus simpatizantes– dejarían un registro fílmico de primera mano, incontestable y que ha perdurado 40 años. Imágenes del bombardeo al palacio de La Moneda, el cadáver de Allende cuando es metido a un vehículo militar y evidencias de los numerosos muertos que hubo en ese desigual combate fueron escenas captadas con el beneplácito de los conspiradores.

VALPARAÍSO, CHILE (Proceso).- En primer plano se ve al médico Danilo Bartulín, quien relata que después de las 11 de la mañana de ese 11 de septiembre de 1973, al presidente chileno Salvador Allende le dio hambre. Cuenta que bajó a la cocina a buscar algo de alimento. Allí vio “unos pollos listos para cocinar”. Estaba buscando los ingredientes “cuando sentí el silbido de la primera bomba que a los pocos segundos estalla a muy pocos metros de donde yo estaba”.

Enseguida se ve la fachada de La Moneda (sede del gobierno chileno). Se escuchan muchos disparos y un silbido que acaba en el preciso instante en el que ocurre la primera explosión, provocada por un cohete disparado desde un Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile (Fach). Uno o dos segundos después hay una segunda explosión.

La cámara enfoca a los aviones que tras realizar el primer ataque vuelven a la carga. Dos nuevos impactos en la puerta principal cimbran el Palacio de Gobierno. Luego otro más. A pesar de la violencia de los estallidos, algunos de los cuales ocurrían a unos 60 metros desde donde eran filmados, la cámara se mantiene firme. De pronto aparece a cuadro parte de la cabeza del sonidista Manfred Berger, quien se esfuerza por mantener el micrófono lo más cerca posible de las explosiones. Llueven balas desde todas direcciones.

La Moneda se incendia. De casi todas las ventanas brotan largas lenguas de fuego. Lo poco que queda de su puerta principal también está en llamas. El camarógrafo Peter Hellmich toma un primer plano de la bandera chilena que corona el edificio colonial. Entre el humo se puede ver como ésta arde.

Las imágenes son captadas desde una habitación en el séptimo piso del Hotel Carrera, lugar elegido por el equipo de cineastas del estudio H&S, de la República Democrática de Alemania (RDA) para filmar el golpe militar.

La confirmación y la fecha del cuartelazo les habían sido confiadas por algunos de los principales conspiradores, cuya confianza se habían ganado haciéndose pasar por ciudadanos de la República Federal de Alemania afectos a su causa.

La filmación del palacio presidencial bombardeado, con la bandera de Chile ardiendo al igual que el edificio, se volvió un símbolo universal y aparece en el documental Más fuerte que el fuego. Las últimas horas en La Moneda (1978).

La Junta Militar no quería que el mundo conociera la dimensión de su barbarie y por ello tendió un riguroso cerco informativo que fue cuidadosamente planificado en la Operación Silencio.

Como parte de este plan fueron bombardeadas o inutilizadas –muy temprano ese día 11– las instalaciones de las radiodifusoras partidarias del gobierno. La estatal Empresa Nacional de Telecomunicaciones fue ocupada por militares quienes bloquearon las comunicaciones telefónicas y satelitales de Chile con el exterior.

Los periodistas y reporteros gráficos que cubrían la operación militar contra el gobierno constitucional fueron sacados de las inmediaciones de La Moneda, con las manos en alto, por carabineros.

El Canal 13 (de la Universidad Católica) fue el único medio que tuvo el aval de la Junta Militar para filmar la asonada. Pero los tres miembros del equipo de este canal no registraron el bombardeo. Se refugiaron en las oficinas del periódico El Mercurio –a tres cuadras de La Moneda–, de donde sólo saldrían cuando llegó una patrulla militar que los llevó de vuelta a Palacio. Allí grabaron el cuerpo de Allende, pero este registro fue requisado por el general Javier Palacios, quien comandó el asalto a La Moneda. “Este material es del ejército”, les dijo.

 

 

CINEASTAS DE PRIVILEGIO

 

En esas circunstancias la tarea de filmar el ataque a La Moneda era difícil. Por eso es tan valioso lo hecho por Hellmich y Berger. Ellos formaban parte del equipo dirigido por Gerhard Scheumann y Walter Heynowski, cineastas con amplia experiencia en la televisión de su país y quienes en 1965 formaron un tándem que funcionó bajo el auspicio de la estatal Deutsche Film AG (Defa).

En Defa hacían cine militante. Su ciclo sobre la guerra de Vietnam –que incluyó decenas de producciones– les dio prestigio en su país y les aseguró recursos para nuevas y costosas películas.

En el libro Señales contra el olvido (Cuarto Propio, 2012), de las investigadoras de cine Mónica Villarroel e Isabel Mardones, se aborda el trabajo de Heynowski y Scheumann: “Eran un capítulo aparte dentro del cine documental de la RDA, en gran parte por sus estrechos vínculos con ‘el Partido’ y la Stasi. Eran los únicos con acceso a divisas y que podían vender sus producciones directamente al exterior. Además viajaban libremente por el mundo, sus envíos no eran controlados por la aduana…”

Heynowski y Scheumann trabajaron con Defa hasta 1969, cuando formaron su propio estudio, H&S, que gozó de cuantiosos aportes estatales. A mediados de 1972 recibieron la instrucción de Werner Lamberz, secretario de agitación y propaganda del Partido Socialista Unificado de Alemania, de viajar a Chile a registrar el proceso encabezado por Allende.

En 2003, en una entrevista –incluida en el libro Señales contra el olvido– Heynowski habló del tema: “A fines de 1972 con Scheumann hicimos una excursión, sin cámara ni nada para ver lo que había con el Partido Socialista y con Allende. Exploramos ideas para una película. Fuimos de nuevo en 1973. Viajamos a Chile con nuestros equipos… queríamos reflexionar sobre las elecciones parlamentarias (del 4 de marzo de 1973) y la Unidad Popular, queríamos mostrarla pero no con las imágenes clásicas”.

Decidieron presentar en sus filmaciones al rival, a la contraparte política del gobierno de Allende.

Al regresar a Chile, en febrero de 1973, lo hicieron provistos de su extraordinario equipo humano y técnico. Se quedaron dos meses filmando. Tras retornar a Berlín, donde estaban las oficinas de H&S, volverían a Chile a mediados de 1973 y en los días previos al golpe.

Para realizar su misión contactaron al militante comunista chileno-alemán y pro- fesor de arte de la Universidad de Chile, Hans Stein, quien fue su acompañante y traductor. En entrevista realizada por las autoras de Señales contra el olvido, éste reseñó el plan de trabajo de Heynowski & Scheumann:

“Venían con dos camarógrafos, en realidad dos equipos: Uno era el de Peter Hellmich y Manfred Berger, que era el sonidista. Hellmich tenía pasaporte alemán occidental y Berger, pasaporte austriaco (…) el otro camarógrafo con su sonidista (Horst Donth y Klaus Freymuth) hacían el trabajo oficial. Hellmich y Berger oficialmente no eran de ellos, eran como un grupo aparte, derechista; ellos se juntaban con gente de derecha. Hellmich volvió con Manfred (Berger) para el golpe”.

 

 

INFILTRADOS

 

En clubes frecuentados por la alta sociedad santiaguina Hellmich pudo conocer a los principales dirigentes de la derecha política y de los gremios movilizados contra el gobierno, como el senador por el Partido Nacional Sergio Onofre Jarpa, y el líder de los camioneros, León Vilarín.

También se vincularía estrechamente con las dirigencias de Patria y Libertad y del Comando Rolando Matus, organizaciones de ultraderecha que efectuaban actos terroristas contra el gobierno de la Unidad Popular, como poner bombas en puentes y oleoductos.

Este sumergirse entre los partidarios del golpe aparece retratado en La guerra de los momios (1974), que también incluye las imágenes del bombardeo a La Moneda y que intenta reflejar cómo se gestó la caída de Allende. Este filme se presentó en el Festival Internacional de Cortometrajes de Oberhausen –el más antiguo del mundo en su género– en abril de 1974 y tuvo una buena valoración del público y la crítica. Pero sería otra película del ciclo chileno de H&S la que ganaría el primer premio en dicho certamen: Compatriotas, que reproduce y contextualiza el último discurso de Allende.

La cercanía con los conspiradores les posibilitó a los cineastas entrevistar en exclusiva a varios protagonistas del cuartelazo. El comandante de la Fach Enrique Fernández mostró –ante la cámara de Hellmich– una foto de una vista aérea de Santiago que la noche anterior se les enseñó a los pilotos del Grupo 7. “Se le hizo el briefing a los pilotos indicándoles los blancos que al otro día tenían que abatir”.

El general Gustavo Leigh, comandante en jefe de la Fach y miembro de la Junta Militar, indicó: “Los pilotos ese 11 de septiembre no hicieron otra cosa que colocar los proyectiles en los blancos que se les habían asignado”.

Tan en confianza se sintió con sus interrogadores de la RDA –que él creía que eran de la otra Alemania– que por conducto de ellos quiso enviar un recado: “Solamente le quiero decir al público europeo que tengan mucho cuidado con creer a la enorme propaganda que está gastando la URSS para presentar a la Junta de Chile como un gobierno fascista, reaccionario, cavernario”.

Leigh, queriendo congraciarse con sus entrevistadores, mostró su admiración por los pilotos de la Luftwaffe: “Para mí los aviadores alemanes fueron ejemplares durante la Segunda Guerra Mundial… olvido los nombres pero tengo un libro en el que salen todos los ases de la Segunda Guerra y Alemania es el país que más ases tiene”, dijo sonriente.

En este filme aparece la imagen nunca mostrada en la televisión chilena del cuerpo de Allende trasladado en una camilla –cubierto con un poncho de lana– a una ambulancia militar de marca Toyota. Un conscripto acongojado cierra la puerta y baja la cabeza. El vehículo avanza entre soldados, carros de bomberos, camiones militares y un tanque Sherman. Al llegar al costado sur de La Moneda dobla a la derecha. Aquella sería la última imagen del cuerpo de Allende antes de su entierro.

Más fuerte que el fuego contiene también una secuencia en la que dos militares cargan en una manta un cadáver sacado de La Moneda y lo depositan en un camión militar, dentro del cual hay otros cuerpos, en número indeterminado, cuyas vidas se extinguieron en la desigual batalla de aquel 11 de septiembre.

Mientras ello ocurre el narrador señala: “Los defensores de La Moneda fueron muertos o apresados. Aquí se eliminan las huellas de la batalla que una vez terminada plantea las interrogantes acerca de su sentido”.

Pocos días después del golpe y en entrevista con Hellmich, Palacios dijo: “Ya en el interior de La Moneda, y buscando pieza a pieza, dependencia a dependencia, dónde ubicarlo (a Allende), porque no se olviden que la misión mía era exigirle, intimarle rendición, lo encontré (…) tenía las manos llenas de pólvora. Hasta el último momento él disparaba contra nosotros”.

Además del valor histórico estas filmaciones constituyen la prueba irrefutable de que en La Moneda hubo combates, víctimas fatales y que Allende combatió hasta el final. Esta verdad sería pronto negada y ocultada por la Junta Militar, encargada de construir desde el mismo 11 de septiembre de 1973 la historia oficial de lo ocurrido en aquella jornada.

Mientras las películas sobre Chile de los cineastas de la RDA vencen el paso del tiempo, sus autores han pasado al olvido. El estudio H&S sucumbió junto al muro de Berlín y su filmografía no es valorada en la Alemania unificada. Heynowski está retirado, Hellmich se refugió en el ostracismo y Scheumann murió de cáncer en 1998. 

* Revista Proceso México - Francisco Marín

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